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Mostrando entradas de 2015

La Vita Nuova

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No, Buko, no estoy hablando de la salsa Vitanova. No todo se trata de comida o de cómo eliminar las roscas de tu panza. Estoy hablando del libro de Dante que se llama así, La vida nueva , porque empezar una vida es empezar un amor. Como mismo un amor perdido es un muerto sin baba ni ropa ni hijos.  Yo como siempre con mis muelas, llevo tanto tiempo dando muela... La otra vez me aburrí tanto de mi voz que me fui a Alaska, pero los huesos se me entumecieron de frío y carne de foca, y mírame, otra vez aquí...   Hace dos años escribí de La Habana inundada, de las calles con un metro de agua por culpa de las alcantarillas tupidas. Hace una semana mi calle de Miami también se inundó. Qué le importa al agua una calle. Cuál es el país sin alcantarillas tupidas. Ya sé dónde vive cada quien. Los lagos al fondo, los patos al fondo, la tristeza en el fondo. Ya sé de los rayones sucesivos. Ya sé de la calle larga larga que muere en el otoño porque hay calles que solo sobreviven un ve...

El Tigre (II)

El tigre abre la jaula y se asoma a la puerta. Saca una pata y la deja estirada para que los que pasen tropiecen, especialmente las mujeres bonitas. El tigre cree que la belleza es sine qua non de la bondad, pero el tigre no es bueno a pesar de su hermosura, lo cual contradice su filosofía griega mal digerida.  Y lo que el tigre no sabe es que todo cambia demasiado rápidamente. Que todo es tan súbito como la secuencia de una frase y un acto imprescindible. Todo es tan terrible como alguien perdido que de pronto manda un friend request, como alguien que pretende que el amor nazca de un mensaje de texto, como alguien que busca una dirección y a quien se ve desde la ventana sin creer en esta ciudad torcida, como una garra atravesada y rota.  Al tigre le falta fe. En sus ojos salvajes toda la realidad debería ser físicamente comprobable, a pesar de ciertas nostalgias y vacíos que no pueden explicarse con la acumulación de los hechos sino con el peso de ciertos actos, de cie...

Manual de tiburona

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Una tiburona no anda por ahí comiendo sardina en lata. Una tiburona de raza sale a la calle y con el colmillo afilado encuentra el mejor parqueo del mall. Una tiburona se levanta, apaga el aire acondicionado y recuerda que en las mañanas los dinosaurios suelen comer dulce. Hambre tiene la tiburona. Pero mejor dejar el dulce. Con la agalla limpia, como buena tiburona que no espera sardinas, sale a nadar. En el semáforo, un tiburón de pelo negro lanza un trozo de salmón por la ventanilla abierta. Y el olor del salmón lo llena todo, también el recuerdo de viejos galeones llenos de pescado.

La rajadura

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El día que la peluquera se rapó la cabeza había despertado con un mensaje de texto. Mierda, a esta hora y con ese recado! -pensó y se viró boca abajo, cara contra almohada. La peluquera se dijo que necesitaba un expresso doble para poder salir de las garras del edredón. Cuando se miró en el espejo recordó las tareas pendientes y los últimos 365 días pasados bajo el árbol. Antes de las siete de la mañana los amaneceres vienen con falta de aire, dolor en el pecho y maldiciones.  El muchacho en la cafetería le dice, yo vine hace 14 años. De la frontera nicaragüense con Costa Rica. Llevo ahora la misma cantidad de tiempo acá que lo que viví allá. Y eso solo pasa una vez en la vida. Ella dice, yo he vuelto al lugar del crimen justamente en la misma fecha. No lloré. Estaba demasiado cansada. Y estoy contenta de una manera rara... Sabes, ahora me ha dado por escuchar rap. -A mí no me gusta el rap -dice él. -Qué te gusta entonces? -Marc Anthony, David Guetta, Pitbull. -Y ap...

El regreso

Ella dijo que no volvería, y volvió. Los pingüinos en determinado momento se vuelven tan fríos que no vale la pena abrazarlos. Eso dijo la peluquera a su regreso. Yo pensé hallar algo parecido a la paz, la montaña nevada, la estufa y el pescado fresco, pero no había chinos que me enseñaran cómo hacer sushi, y recordé con demasiado dolor los rollitos del Publix de aquí al lado. Eso dijo.  Nadie le preguntó si el frío alguna vez le torció las manos de dolor, nadie le tocó los dedos a ver si faltaba un trozo de uña. La peluquera otra vez volvió a su silla y tocó la barba punzante del hombre y le dijo, querido, te la afeito completa o solo unos cortes? El hombre la mira a través del espejo y le dice, llévatelo todo, hay demasiado calor.  En el parqueo del shopping la gente deja los carritos tirados en medio de la calle, y un viejo los empuja de lado a lado. El ciclo de los carritos no termina nunca. Como no termina el calor. Como no termina la tijera. La peluquera vuelve a su...

La despedida

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La ciudad se aleja. Todas las ciudades terminan siendo pequeñas, tan pequeñas... Mientras el barco avanza ella siente el frío, a pesar de que es agosto, y para subir a la cubierta tiene que llevarse puesta la mitad de un maletín de ropa.  Delante han anunciado un show de ballenas para el día siguiente, la parada en varios puertos, toda la fauna, todos los glaciares.  Detrás queda Bukowski, las tijeras, los amigos, toda la música.  Delante han dicho que es muy hermoso.  Detrás queda la torre lejana, el faro antiguo, las madrugadas despierta.  Delante, dicen, el resplandor sobre el hielo a veces ciega.  Mejor cegarse de un destello que esto, todo esto, todas estas palabras y tanta carta inútil.  La peluquera dice adiós. 

Encima de este pedestal, una vez, hubo vino

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Da igual donde estés, ni con quién. Al final ya la nieve se derritió en todo el continente, mi querido Bukowski.  Da igual, si en el centro del mundo, es decir dentro de ti, lo único que da vueltas es la manivela del pasado: las viejas deudas, las grandes nalgas, los buzones atestados de cuando fuiste cartero.  Qué me importa nada de eso.  Qué importa que no llegues, que no llames, que me estreches contra el deseo feroz de muerte, con la violencia de los cuchillos con que no corto la carne.  Todo lo que conozco del mundo me parece irrelevante. Como si las revelaciones te ocurrieran a ti, es decir, a los otros.  Anoche me burlé de mí. De ti. De todos. Anoche tuve sueños muy lúcidos.  Anoche te escapaste de todos mis futuros.  Te miro vagar, en el último vagón de mi conciencia, hacia donde siempre quisiste huir.     

Esta es una escultura de Picasso, y esto es Chicago

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-Y ahora cuál es la obsesión con Marc Anthony? - me la tienes pelada con Marc Anthony. Todo el puñetero día dale que dale con el tipo. No le contesto. No tengo nada que decirle. Pero tampoco le cuento mi sueño. Pero tampoco lo miro. Pero tampoco. Ahí tirado en el sofá rezonga. Se queja. Cambia de canal. Uno y otro canal. Y boxeo y negros sudando y fútbol y blancos sudando. Me dice que tiene hambre. Se levanta. Abre la puerta del refrigerador. Y ahí se queda. Se congela con la yuca y las pechugas de pollo. -Bukoswki, le digo. Pero ahí me quedo. No me queda voz para llamarlo. También yo me he congelado. Como el hombrecito de Picasso. Como aquellos días en Chicago. Y allá atrás, tan lejos, Marc Anthony me mira y canta una canción que no es suya. Pero en el fondo no hay nada que sea verdaderamente nuestro en esta vida -pienso y miro a Bukowski, cuarteado de frío.

El apego (pequeña diatriba de la peluquera)

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Todavía la herida cae, gotea, humeante. Todavía la ciudad es un sueño del que despierto con dolor intercostal. Todavía no me acostumbro al olor de otro cuerpo. Al no olor de otro cuerpo. Has cambiado los signos dándole manigueta a la vieja promesa. La promesa de la nada. El desapego absoluto. Sí, mejor que no haya apego ni sonrisa. Ni mano contra los ojos. Mejor cortar de una vez toda herrumbre. Todo lazo más o menos largo.

La foto, esa foto, repetida e idéntica, quién sabe cuanto tiempo después

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y uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia... 

Domingo

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No me interesan las vitrinas sino la vena aorta del maniquí, o la arteria? En el fondo da lo mismo mientras lata. Tú me llamas. Tú no me escribes. Quiero ver arte, el marco vacío que no entiendes. Tal vez yo tampoco quiero entender ya. Un piano contra la pared. Es todo lo que necesito del mundo. Un salón lleno de espejos convexos para reírnos mucho. Un jardín sin bichos -ese espacio imposible. Tu espalda de mañana. Teléfono sonando pero es domingo. Finalmente domingo.

La tinta II

Ellos creen que deliro. Que los imposibles yacen sobre mí, sobre todos, y que estas cartas salen de mi estado de desesperación. Lo que ellos no saben es que los reinos de lo posible son más anchos de lo que uno cree al final del día, con la espalda tiesa y los ojos entrecerrados de rutina. Lo que ellos no saben es que entre cualquier persona de este mundo y yo hay apenas una cadena de otras siete personas que nos conectan, y que los famosos están sujetos al azar como lo estamos todos. Lo que ellos no saben es que el deseo es la fuerza más poderosa del universo. Lo que ellos no saben es que Adam leyó mi carta. Que recibí un extraño mensaje por Facebook. De una dícese asistente suya. Que me pidió mi correo privado. Mi número de teléfono. Que quieren usar mi idea para un video. Dicen. Podían haberlo robado. Pero no. Que me quieren ahí. Que Adam quiere conocerme. Y yo me paso una noche sin dormir pensando si me están corriendo una máquina, si se trata de un sofisticado scam. Yo me recue...

La tinta

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Ya sé que soy un cliché y más después de esto que te voy a decir, pero me muero por Adam Levine. Nunca me gustaron los tipos con tatuajes, sin embargo él... tiene una manera de moverse, un algo que solo mi app de YouTube y yo entendemos. Nunca he tocado una piel tan tatuada. Me pregunto si Bukowski querría llevarme a alguna de esas galas en Los Ángeles o en Nueva York donde uno puede toparse así de pronto con algún famoso. Pero él no quiere ir y mucho menos llevarme. Y aquí en el pantano los famosos que llegan se recluyen en sus mansiones junto al mar y no se les ve ni el pelo. A los muy cabrones. Yo he visto, de lejos, claro está, las perras casas. Y todo eso me da un escalofrío en el cuerpo que no te puedo explicar. La adrenalina. Como si me zambullese en un mar de café. El otro día conocí a un muchacho que no bebe café. Nada de café. Y parece un muerto. Mide las palabras como si fueran zambullidas. Y yo tengo ganas de darle dos galletas y decirle mijito despierta de una ...

Los puentes

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Miami no existía. Cuando La Habana ya era metrópolis, los indios desandaban en canoa lo único que llevaba ese nombre: un río. Henry Flagler, el hombre que trajo el ferrocarril a la Florida y que gracias a ello convirtió el pantano en ciudad, que conectó los Cayos con la península, tuvo el sueño de crear un inmenso puente que uniera La Habana con Key West. Tras el 17 de diciembre de 2014, la idea parece menos lejana, y aun así, casi inimaginable.  Me gusta, querido, pensar el teatro como ese río y puente que nos trae y nos lleva a los mismos dos puntos: pasado y futuro conectados en el instante de la representación. Muy heraclitano todo. Yo me veo en el tabloncillo cuando la función terminó, limpiando el sudor de los actores. Yo espero comprar mi entrada. Yo me duermo en un ensayo. Yo me paso un año repitiendo la frase "lugar desde el que se mira". Yo te miro cuando no estás. Yo gravito sobre el principio de incertidumbre y sobre la incertidumbre de todos los princip...

Mi siglo

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Nunca Villegas pagó su apuesta. Y era algo tan simple como una barra de maní molido. Pero yo dejé de ir tres semanas a la escuela y en ese tiempo todo se olvida. Todo se borra. También las promesas y las apuestas perdidas. Yo dije que leería una novela de 500 páginas en un día y él dijo que era imposible. En lo que él no se fijó era en el tamaño de las letras, y lo que yo no sabía era que al otro día en la mañana, cerrado el libro, febrícola el cuerpo, tendría que irme a casa para llenarme de pintas y vivir la varicela que no me contagió de chiquita.  No recuerdo sensación más desagradable que mirarme en el espejo. Ni picazón más intensa. Ni peor rabia. Pero ese momento se asoció para siempre, sin embargo, con el placer agónico de otro libro, esta vez más largo que el de mi apuesta, y con letras bien pequeñas. La travesía de Oskar y su tambor, las sayas de la abuela como capas de cebolla, un caballo muerto -eso queda.   Poco después, -o fue antes?- Gerandy me prestó Mi si...

El amante (de la peluquera)

El amante le dice a la peluquera, ese vestido te queda mal. La peluquera le dice al amante, me raspas con esa barba de tres días. La peluquera y el amante se miran en silencio, se fuman en silencio. La peluquera pudiera agarrar la navaja y afeitarlo mientras duerme.   Pudiera agarrar la navaja y hacerle pequeños cortes. Ir yendo más y más profundo, que las goticas de sangre afloren lentamente. La peluquera quiere ver la sangre del amante.  él no ha visto la sangre de la peluquera y tal vez no le importe, (a fin de cuentas parece más interesado en el vestido). En la almohada se han quedado algunos cabellos. Ella tira la funda en el cesto de la ropa sucia y carga con todo hacia la lavandería. El espejo de la puerta no la engaña. El vestido le queda mal. Ella lo sabe pero aun así se lo ha puesto. El amante se ha ido y tal vez no regrese. Qué importa si no regresa. La labor del amante es dejar el rastro en la almohada y que el agua caliente de las lavadoras automá...

Las cajas se esconden debajo (o detrás) de la cama

Juli me habla de la percepción del tiempo y yo me pregunto qué tiempo si lo único que veo del tiempo es el espacio de la oficina y los hombres de FedEx que tres veces al día recogen los paquetes que mueven el universo. Todo el universo cabe en una caja de FedEx. Todo mi universo cupo en una maleta tamaño carry on. Todo lo que de verdad quiero en este mundo se quedó atrás y en la maleta solo llegaron las astillas de la vieja desesperación. Todos estos carros no me dicen nada, placas, códigos, colores repetidos. Todos estos edificios, estas palmas. Quiero zambullirme en un tanque de pintura y que mi piel se quede verde por ocho días. Al noveno día podrás abrazarme nuevamente y decirme si esta que no soy se extraña. La imposiblidad es el único motor que nos mueve. Juli, recuerdo que el carro era rojo. Recuerdo el primer punto de la varicela en mi estómago. Pero no recuerdo las canciones que cantábamos. Pero no recuerdo ningún beso. Esta es la peor hora del día. En est...

La gran belleza

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(Gracias, Manuel, por recomendarme esta película) Hoy empieza la primavera. Hace un año yo escribía sobre el avión perdido de Malasia. Hoy no sé que avión o tormenta azota el mundo. Rápido, demasiado rápidamente ocurre todo. Hace un año no te conocía. El personaje de mi nueva película preferida dice que buscaba “la gran belleza” y que eso lo paralizó de seguir escribiendo. La gran belleza, el gran amor, el instante perfecto y redondo. El que siempre se rompe. El que queda incompleto. La peluquera se asoma a la ventana pero ya no tiene pensamientos suicidas. Una ventana es una ventana. Pero tampoco la remite a una evocación literaria al estilo Ed Harris cayendo ante Meryl Streep en Las Horas . Una ventana es una ventana. Esto sí es una pipa. Las señales se diseminan. La cadena con la palabra Love se rompió. Yo estaba rota. El auto se despedazó. Mi piel. Cierro los ojos y veo el instante. El crash increíble. Todo lo que uno piensa. Hoy es el día internacional de la f...

El traqueteo

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-Todo lo olvida Nueva York en un instante-. Escribe él sobre el cuaderno arrugado en la llovizna de la partida. El tren crepita sobre la tierra virgen. El tren es virgen, y los viajeros enfermos de pecado original sueñan un futuro distinto para el país en el que nacieron y que los expulsó sin retorno posible. Todos estos años se han convertido en la permanente invención del mañana, en la construcción de una identidad, en el sacrificio del reinvento. Vestidos de negro, con el tabaco en la mano, con el reloj colgando del chaleco, con la ventana traqueteando sobre la vía, ellos dicen Patria. Todo lo olvida uno. Hasta que de pronto uno va en el traqueteo y viene la imagen del Paseo de Paula y los caballos arrojando su saliva sobre el puerto en una Habana que se aleja, se aleja desde el barco, se aleja para siempre para ellos y para mí que solo tengo diez fotos, el desespero de mi abuelo retratando, temblorosa la mano, la imagen perdida del año 1959.  Y ese es el problema, que ...

De cómo se nubló el cartel de Party City

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Lo que nadie se imaginó nunca, ni siquiera yo misma, es que iba a volver a ver a Ryan. O mejor dicho, que él volvería a buscarme. Que iba a aparecer por la ventana y me miraría hasta que yo alejara la vista de la computadora. No, eso no se lo imaginaba nadie. El volvió a la ciudad plana, él que dijo que era una ciudad horrible -pero me sorprendí extrañando algunas voces en la calle, y el mar batuqueando el pantano- así me dijo. Volvió al bar y a la silla de esa noche, y claro, todo el mundo sabía quién era él pero nadie sabía de mí… Nadie menos el viejito de la limpieza, un señor con bigote y pulóver blanco que me deja entrar al baño aunque el piso esté húmedo, y que cuando el bar cierra me dice, querida, es hora de volver a casa. -No me hables con condescendencia, ya sabes que no me emborracho. -Hace días que no te veía. -El padre no había recogido a Eric en unas cuantas semanas… así que estaba de prisión domiciliaria. Ese viejo le dijo a Ryan que yo trabajaba en las ofi...

Feeling

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Entonces era viernes, como hoy, y como hoy escuchaba estos boleros cubanos. Las divas me gritaban su feeling y afuera la Kendall Drive rugía su tráfico de casi fin de semana. Hay que estar muy vivo para que la vida gravite dentro de uno... Estoy llena de esta cosa tremendamente hermosa que se llama tú… dice Moraima Secada, y yo recuerdo hace cuatro años mi descubrimiento Elena, mi descubrimiento Moraima, mi descubrimiento de mi dedo del medio y la ventana al parque. Anoche fueron los espejos. Anoche fue la carretera y el auto. Anoche fue otro día. Hoy estoy llena de esta cosa tremendamente tranquilizante que se llama saber que no me mereces. Que no tienes la mitad de lo que haría falta para ser feliz… La patria se desdibuja, se deshace y es solo recuerdo, las imágenes dispersas de algunos lugares, el vibrar del bajo en el acorde de una canción del Buenavista Social Club, o la súbita comparación entre este dulce que ahora como y otro comprado años antes en alguna cafetería mugrie...

El puente

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Mira cómo baila en la cuerda floja, mira cómo lo intenta. La elefanta no encuentra el ritmo pero lo busca arbitrariamente. La elefanta dibuja un círculo de tiza para si se cae que nadie se salpique de sangre. Esa manía de los elefantes de prevenir daños mayores.  La elefanta se ha parado encima del puente y se ha dicho, este puente es mío y lo haré temblar porque me da la gana. Pero el puente no se mueve, a pesar de la congestión física de la elefanta. Ella piensa que habría que saltar... si se pudiese, si por un milagroso evento se pudiese... Ella quisiera estar triste, pero la tristeza es un lujo que solo puede darse quien tiene más colmillo por crecer, y el suyo llegó a su punto de máximo estiramiento hace rato. Ssu colmillo llegó hasta el fondo de sí mismo y se lastimó.  No queda otra. Hay que bailar en la cuerda floja y estar alegre de la cuerda y de la flojera. Y estar alegre de la distancia y el péndulo. La elefanta hasta se ha maquillado para las luces. Y en e...

Ella la encontró volando en el parqueo de un shopping center (y le agregó la última línea para convertirla en su carta)

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Ya sé que no te gustan las cartas de amor. Ni las promesas. Ni las mañanas.  Ya sé que no puedes dibujarle círculos a mi locura.  Ya sé que no sirvo para poner la mesa.  Tú te miras en el espejo y yo también. Vivimos sobre la roca por unos segundos tan largos que podemos creer en los siete universos paralelos que una vez nos dijeron eran solo nuestros.  Todos los libros esperaban, supuestamente, todas las noticias, los posibles hijos.  Pero yo sigo dejándote estas notas que no lees sobre el cristal del carro. Porque siempre se vuelan, querido. Un viento muy Bukowski no me deja decirte que ya no te amo.