De cómo se nubló el cartel de Party City



Lo que nadie se imaginó nunca, ni siquiera yo misma, es que iba a volver a ver a Ryan. O mejor dicho, que él volvería a buscarme. Que iba a aparecer por la ventana y me miraría hasta que yo alejara la vista de la computadora. No, eso no se lo imaginaba nadie. El volvió a la ciudad plana, él que dijo que era una ciudad horrible -pero me sorprendí extrañando algunas voces en la calle, y el mar batuqueando el pantano- así me dijo. Volvió al bar y a la silla de esa noche, y claro, todo el mundo sabía quién era él pero nadie sabía de mí… Nadie menos el viejito de la limpieza, un señor con bigote y pulóver blanco que me deja entrar al baño aunque el piso esté húmedo, y que cuando el bar cierra me dice, querida, es hora de volver a casa.
-No me hables con condescendencia, ya sabes que no me emborracho.
-Hace días que no te veía.
-El padre no había recogido a Eric en unas cuantas semanas… así que estaba de prisión domiciliaria.
Ese viejo le dijo a Ryan que yo trabajaba en las oficinas de al lado.




Pero yo vi a Ryan mirándome por la ventana, parado delante del cartel de Party City de todos los días, delante del parqueo de todos los días, delante de la desolación de todos los días, de la insolación de todos los días, y volví a mirar la computadora y a mi colega y mis ojos abiertos no veían, porque qué hace un Gosling mirando por la ventana de un edificio de oficinas en la ciudad plana cuando la que está detrás de la ventana es una mujer con un hijo y un trabajo de mierda y una rutina de bares cada tres semanas en el mejor de los casos? Pero era él. Siguió sonriendo muy peliculero y yo salí temblando y le dije Hi y él no me respondió el Hi pero me abrazó y nos quedamos abrazados por un tiempo que pareció infinito, hasta que finalmente se separó y me dijo, recoge la cartera que nos vamos.


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