Madrugadas
Entro a un sitio y es de noche. Los homeless duermen su intemperie bajo los portales, mientras las luces de los ricos balbucean arriba. Uno me miró a los ojos, sin camisa, cuando el semáforo detuvo el motor de este carro lleno de tarecos, con las ventanillas abiertas en el sopor del verano. En un bar miras el fútbol. Italia le gol-pea los talones a los ingleses, mientras la jarra de cerveza se vacía. A tu lado un viejo huraño contesta de mala gana tu pregunta. Dentro del local los groceries se amontonan en los estantes, algunos se caen al piso cuando los movemos para quitar la cera. De un lado a otro la maquinaria se mueve y lo raspa todo, las marcas de los empleados, los papeles que se cayeron y nadie recogió, las gotas de sirope que gotearon entre los años. El viejo te mira y te dice, felicidades, tu equipo ha ganado, italiano. Y tú dices, es mi equipo pero italiano no soy. Vengo de Cuba. Y ante esa palabra el rostro cambia y las preguntas se suceden, y de pronto hay otro...