Los puentes
Miami no existía. Cuando La Habana ya era metrópolis, los indios desandaban en canoa lo único que llevaba ese nombre: un río. Henry Flagler, el hombre que trajo el ferrocarril a la Florida y que gracias a ello convirtió el pantano en ciudad, que conectó los Cayos con la península, tuvo el sueño de crear un inmenso puente que uniera La Habana con Key West. Tras el 17 de diciembre de 2014, la idea parece menos lejana, y aun así, casi inimaginable.
Me gusta, querido, pensar el teatro como ese río y puente que nos trae y nos lleva a los mismos dos puntos: pasado y futuro conectados en el instante de la representación. Muy heraclitano todo. Yo me veo en el tabloncillo cuando la función terminó, limpiando el sudor de los actores. Yo espero comprar mi entrada. Yo me duermo en un ensayo. Yo me paso un año repitiendo la frase "lugar desde el que se mira". Yo te miro cuando no estás. Yo gravito sobre el principio de incertidumbre y sobre la incertidumbre de todos los principios. Yo camino sobre el puente de Bacunayagua. Yo repito la palabra Bacunayagua. Allá abajo, hace años, perdí algo muy querido. El puente es la memoria del lugar imposible. Ahora, la posibilidad de este mensaje es su único valor, poner en lugar del hueco, en lugar de la no persona, esta manía de las palabras.
El sueño de Flagler se vino abajo cuando un huracán categoría 5 destrozó las conexiones que sobre el mar hacían soñar a los viajeros. Como toda utopía, en su propia realización yació su muerte. Pero por todos los futuros puentes, por todos los teatros posibles, vale la pena bajar la montaña y mirar hacia arriba y gritar al vacío: Miami, Bacunayagua.
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