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Ese nosotros que no

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Decidimos cortar el lazo y empezar de cero. Hubo algunos amigos, un poco de jazz y un par de películas. Ocho frases cursis y bastantes discusiones, y risas llenas de dientes prietos de vino. Hubo un papel donde escribí: "No aspiro a verdades perfectas. No aspiro a iluminar tus escollos. Pero si solo nos damos ese trozo de felicidad que me sacó de la tormenta, que sea". Ridícula yo, Buko, escribiendo palabras definitivas, manifiestos contra la mala suerte.  Me río, ahora río, a quién engañé cuando dije felicidad. Allí donde fue escrito, donde lo he dicho, pon una bala. Explota la palabra y en el hueco lleno de pólvora, con ese mismo polvo negro, escribe deseo. ¿Al final no es eso la felicidad? ¿Ese polvo prieto y sucio, ese hueco? Al final no es esa la marca que uno busca desesperadamente, el lunar en la piel, la marca en la alfombra, el momento entre el antes y el después?  Un hueco como un cero, una unidad perfecta. Un cero que se multiplica por todo y convie...

Pasillo 3

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Huck y Tom se han ido del pueblo. Hace mucho que no mandan cartas y ya no sé a dónde escribirles. No sé qué les hice para que no me escriban. Tal vez esperan que sea yo la que mande una postal o una caja con malangas.  Huck se mudó primero. Y luego Tom se fue también. Dijeron que el norte siempre es frío pero históricamente más próspero. Dijeron que una ciudad sin montañas que le raspen la barriga a los ciclones no son aptas para una vida sana. Dijeron que vendrían a visitar, que iríamos al mar, que me mandarían muestras de cerveza. Pero el tiempo pasa, otro año va cuesta abajo y yo me pregunto qué hice para merecer tanto silencio.  Hace unos días me encontré a una ex novia de Tom. Tenía el pelo pintado de azul, disparejo, estaba en la tienda de al lado buscando cera para depilarse. Yo estaba en la cola para pagar y escuché su pregunta, y la explicación de la dependienta:  -Pasillo 3, al final.  Ella no me vio. Antes de llegar al pasillo 3 se quedó mirando l...

Entre todos los desastres

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Pasa el huracán y seguimos siendo los mismos. Las desgracias han ocurrido en otra parte. En la televisión anuncian los muertos, pero no veo la televisión. Uno vive en sus reciclajes permanentes y esconde la basura, y la cabeza, debajo de la alfombra. En el ojo del huracán no hay tiempo. Yo no temo el huracán sino la penca de la palma que miró fijamente mi ventana toda la tarde. No hubo gritos ni gestos solidarios. No miro a nadie. No puedo perderme en esta ciudad porque si me pierdo nunca encontraría el camino de regreso. He estado leyendo a Fernando Ortiz y a Ángel Rama. He estado analizando las construcciones ideológicas que determinan una nación. He estado recordando la época en que creí que existía una verdad, y una belleza, y un amor. Pero todo se multiplica y se complejiza y se separa. Y ya no hay un antes sino cien, y no hay una tarde sino miles, y no hay un futuro sino infinitas variantes. Y en eso me pierdo. Me veo más en la palma que en el espejo. Me siento desvariar y fl...

Sábado Cohen

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El sábado pasado escuché a Leonard Cohen hasta tener ganas de encerrarme en el baño a llorar sola, interminablemente, como si algo muy terrible me hubiera sucedido. Le eché a Cohen todas las culpas, las soledades, los atardeceres perdidos, los patos muertos, los salmones que nunca más saltaron. Afuera, ese sábado, había un sol de estos de Miami, un sol desvelado y enfermo, un sol lleno de combustiones; pero en mi casa las paredes se seguían viendo grises, muy grises, a pesar de los cuadros nuevos en la pared. Hoy es viernes y de pronto, entre tanta noticia terrible de esta semana, me dicen que Cohen se murió. De viejo se murió. De muerte. De ganas. El intervalo entre la muerte y la vida no es más que la distancia del sábado a hoy, del día en Grecia en que Cohen se encontró con una vieja amante, del día en Miami en que alguien decide asomarse a mi puerta y darme el susto de la vida. Hay un Cohen que no se llama Leonard, y que le da por apagarme las luces y encenderme el sol así, cu...

Las cajas

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No te cargo. No te alimento. No te abrazo en contra de tu voluntad. No llegas tarde. No calientas la sobremesa. La casa no es la casa desde que tu mano no sobrevive mi humedad. La casa no existe sin tu silencio.

La vida es sueño (awwgrfasdasgsgfs)

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Mi vida: El mundo ocurre allá fuera y yo no entiendo. No entiendo. Sueño con una canción de Serrat y suena el despertador. Manejo hasta la escuela, aburrida con el mismo tráfico y los mismos anormales en sus carros de lujo. No me dejan parquear en mi sitio habitual por culpa de un estúpido juego de voleibol, y me encabrona porque ya pagué el parqueo del año entero y cada dos semanas hay un problema distinto. Entrego un libro en la biblioteca e intento leer un artículo de Nanobiotecnología (vaya a saber Dios qué es eso). Te escribo por WhatsApp, diciéndote que se me cierran los ojos (como si por contártelo se me quitara). Sigo trabajando. Me comería algún chocolate (si lo tuviese). Te abrazaría hasta quedarme dormida. Una y otra vez dormida junto a ti. Una y otra vez mientras sueño canciones de Serrat.

El lecho de piedra

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Agnes nunca atravesó la puerta giratoria de tres toneladas que daba acceso a su castillo. Un castillo sin techo en el que el sol marca las horas y las estaciones del año en un calendario de piedra. De piedra son las camas y los sillones donde leer, de piedra la mesa y el salón de fiesta, de piedra el ojo de aguja en el que siempre puede vislumbrarse la estrella polar.  Ed siempre fue un ermitaño o tal vez simplemente un genio. En todo caso un raro ejemplar del modelo del hombre renacentista. Arquitecto, escultor, astrólogo y empresario capaz de sustentar su vida a partir de las visitas guiadas a su castillo, Ed sabía que trabajar la piedra lo haría inmortal, como también sabía que el amor de Agnes, si bien físicamente imposible tras el desplante ante el altar, quedaría expresado en el jardín como prueba irrebatible de su fidelidad hacia ella.  Agnes tenía dieciséis años cuando decidió no casarse con Ed, allá en su natal Lituania. Dieciséis son los escalones que llev...