La tinta II
Ellos creen que deliro. Que los imposibles yacen sobre mí, sobre todos, y que estas cartas salen de mi estado de desesperación. Lo que ellos no saben es que los reinos de lo posible son más anchos de lo que uno cree al final del día, con la espalda tiesa y los ojos entrecerrados de rutina. Lo que ellos no saben es que entre cualquier persona de este mundo y yo hay apenas una cadena de otras siete personas que nos conectan, y que los famosos están sujetos al azar como lo estamos todos. Lo que ellos no saben es que el deseo es la fuerza más poderosa del universo. Lo que ellos no saben es que Adam leyó mi carta. Que recibí un extraño mensaje por Facebook. De una dícese asistente suya. Que me pidió mi correo privado. Mi número de teléfono. Que quieren usar mi idea para un video. Dicen. Podían haberlo robado. Pero no. Que me quieren ahí. Que Adam quiere conocerme. Y yo me paso una noche sin dormir pensando si me están corriendo una máquina, si se trata de un sofisticado scam. Yo me recuesto contra la puerta blanca de mi casa y escacho un cigarro contra otro en el borde de la escalera y termino preguntándome si Adam fuma y que debo buscar eso, si apareciese, en internet.
Pero la gente no sabe cómo ocurren las cosas, ni la distancia entre mi correo y la llamada por teléfono, ni el boleto apresurado, ni el café decorado con fotografías antiguas de bigotudos muertos. Y yo mirando las paredes y hablando nerviosa. Y él que ordena una Guinness que me da deseos de vomitar, y la mesera que se muere por un autógrafo y que me mira como diciendo puta de mierda, y yo miro mis sandalias de tiritas y mi saya naranja y mi blusita blanca y me pregunto por qué no me compré ropa nueva para esto, por qué no me di un tinte. Reímos y dibujamos un posible storyboard para el video, yo le digo -nunca he filmado un video clip, y él me dice, -yo nunca he cortado un cabello. Y los dos sonreímos hasta que unas adolescentes empiezan a mirarlo y a reírse y el momento se rompe. El deja un billete sobre la mesa y nos vamos. Yo le digo, mi hotel está cerca, podría ir caminando. Pero él no quiere. No, tranquila. Me lleva por la ciudad que no conozco, saltando de taxi en taxi, de bar en bar, alternando con fans y lapiceras y mi inseguridad. Al atardecer, un banco junto al río. Hace frío. Sus tatuajes se erizan y yo me atrevo a tocarlos por primera vez.
-Quieres pelarme? - Me dice.
-Ya tienes un pelado. -Le respondo.
-No importa. Hazme cualquier cosa.
-No traje las tijeras.
El siguiente taxi nos deja en un mall. El entra a la peluquería y le pide a la manager que me preste un sillón. La mujer no entiende nada. Si fuera ella yo tampoco entendería nada. Agarro la tijera temblando. Adam tiene el pelo suave y se queda embelesado con el ruido sobre su cabeza. Alguien lo documenta todo. No puedo ver quién es. No importa quién es. El delirio es algo parecido a esto. El tiempo se estira entre el pelo de Adam. El sonido. La muerte. La muerte es el corte exacto. El fin del proceso. Su evaluación frente al espejo. Aplauden. La gente aplaude, no sé si su pelo o mis tijeras pero no me queda otra que reírme, y esta vez nos vamos sin pagar, corriendo. No hay más taxis, solo las calles de Carolina entre él y yo. Mi hotel está del otro lado de la acera.
-Gracias por este día -le digo.
-Gracias por el pelado- me dice.
Nos despedimos con un beso en la cara. Mejor dicho, me despido. El se queda de pie, mirándome entrar. Y yo me pregunto una y otra vez por qué ya no pienso en la tinta. Por qué lo veo ahí, manchado y tusado por mis manos, y no quiero su cuerpo ni su piel ni nada suyo. En lo único que pienso es en contarle todo al hijo de puta de Bukowski.
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