Sábado Cohen
El sábado pasado escuché a Leonard Cohen hasta tener ganas de encerrarme en el baño a llorar sola, interminablemente, como si algo muy terrible me hubiera sucedido. Le eché a Cohen todas las culpas, las soledades, los atardeceres perdidos, los patos muertos, los salmones que nunca más saltaron. Afuera, ese sábado, había un sol de estos de Miami, un sol desvelado y enfermo, un sol lleno de combustiones; pero en mi casa las paredes se seguían viendo grises, muy grises, a pesar de los cuadros nuevos en la pared. Hoy es viernes y de pronto, entre tanta noticia terrible de esta semana, me dicen que Cohen se murió. De viejo se murió. De muerte. De ganas. El intervalo entre la muerte y la vida no es más que la distancia del sábado a hoy, del día en Grecia en que Cohen se encontró con una vieja amante, del día en Miami en que alguien decide asomarse a mi puerta y darme el susto de la vida. Hay un Cohen que no se llama Leonard, y que le da por apagarme las luces y encenderme el sol así, cu...