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Mostrando entradas de 2016

Sábado Cohen

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El sábado pasado escuché a Leonard Cohen hasta tener ganas de encerrarme en el baño a llorar sola, interminablemente, como si algo muy terrible me hubiera sucedido. Le eché a Cohen todas las culpas, las soledades, los atardeceres perdidos, los patos muertos, los salmones que nunca más saltaron. Afuera, ese sábado, había un sol de estos de Miami, un sol desvelado y enfermo, un sol lleno de combustiones; pero en mi casa las paredes se seguían viendo grises, muy grises, a pesar de los cuadros nuevos en la pared. Hoy es viernes y de pronto, entre tanta noticia terrible de esta semana, me dicen que Cohen se murió. De viejo se murió. De muerte. De ganas. El intervalo entre la muerte y la vida no es más que la distancia del sábado a hoy, del día en Grecia en que Cohen se encontró con una vieja amante, del día en Miami en que alguien decide asomarse a mi puerta y darme el susto de la vida. Hay un Cohen que no se llama Leonard, y que le da por apagarme las luces y encenderme el sol así, cu...

Las cajas

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No te cargo. No te alimento. No te abrazo en contra de tu voluntad. No llegas tarde. No calientas la sobremesa. La casa no es la casa desde que tu mano no sobrevive mi humedad. La casa no existe sin tu silencio.

La vida es sueño (awwgrfasdasgsgfs)

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Mi vida: El mundo ocurre allá fuera y yo no entiendo. No entiendo. Sueño con una canción de Serrat y suena el despertador. Manejo hasta la escuela, aburrida con el mismo tráfico y los mismos anormales en sus carros de lujo. No me dejan parquear en mi sitio habitual por culpa de un estúpido juego de voleibol, y me encabrona porque ya pagué el parqueo del año entero y cada dos semanas hay un problema distinto. Entrego un libro en la biblioteca e intento leer un artículo de Nanobiotecnología (vaya a saber Dios qué es eso). Te escribo por WhatsApp, diciéndote que se me cierran los ojos (como si por contártelo se me quitara). Sigo trabajando. Me comería algún chocolate (si lo tuviese). Te abrazaría hasta quedarme dormida. Una y otra vez dormida junto a ti. Una y otra vez mientras sueño canciones de Serrat.

El lecho de piedra

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Agnes nunca atravesó la puerta giratoria de tres toneladas que daba acceso a su castillo. Un castillo sin techo en el que el sol marca las horas y las estaciones del año en un calendario de piedra. De piedra son las camas y los sillones donde leer, de piedra la mesa y el salón de fiesta, de piedra el ojo de aguja en el que siempre puede vislumbrarse la estrella polar.  Ed siempre fue un ermitaño o tal vez simplemente un genio. En todo caso un raro ejemplar del modelo del hombre renacentista. Arquitecto, escultor, astrólogo y empresario capaz de sustentar su vida a partir de las visitas guiadas a su castillo, Ed sabía que trabajar la piedra lo haría inmortal, como también sabía que el amor de Agnes, si bien físicamente imposible tras el desplante ante el altar, quedaría expresado en el jardín como prueba irrebatible de su fidelidad hacia ella.  Agnes tenía dieciséis años cuando decidió no casarse con Ed, allá en su natal Lituania. Dieciséis son los escalones que llev...