El regreso
Ella dijo que no volvería, y volvió. Los pingüinos en determinado momento se vuelven tan fríos que no vale la pena abrazarlos. Eso dijo la peluquera a su regreso. Yo pensé hallar algo parecido a la paz, la montaña nevada, la estufa y el pescado fresco, pero no había chinos que me enseñaran cómo hacer sushi, y recordé con demasiado dolor los rollitos del Publix de aquí al lado. Eso dijo.
Nadie le preguntó si el frío alguna vez le torció las manos de dolor, nadie le tocó los dedos a ver si faltaba un trozo de uña. La peluquera otra vez volvió a su silla y tocó la barba punzante del hombre y le dijo, querido, te la afeito completa o solo unos cortes? El hombre la mira a través del espejo y le dice, llévatelo todo, hay demasiado calor.
En el parqueo del shopping la gente deja los carritos tirados en medio de la calle, y un viejo los empuja de lado a lado. El ciclo de los carritos no termina nunca. Como no termina el calor. Como no termina la tijera. La peluquera vuelve a su sitio, ya sin frío y sin pingüinos. Uno tiene que aprender de vez en cuando que Alaska no es para todos (mucho menos para una peluquera miamense, miamera, cubana).
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