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Mostrando entradas de julio, 2015

Encima de este pedestal, una vez, hubo vino

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Da igual donde estés, ni con quién. Al final ya la nieve se derritió en todo el continente, mi querido Bukowski.  Da igual, si en el centro del mundo, es decir dentro de ti, lo único que da vueltas es la manivela del pasado: las viejas deudas, las grandes nalgas, los buzones atestados de cuando fuiste cartero.  Qué me importa nada de eso.  Qué importa que no llegues, que no llames, que me estreches contra el deseo feroz de muerte, con la violencia de los cuchillos con que no corto la carne.  Todo lo que conozco del mundo me parece irrelevante. Como si las revelaciones te ocurrieran a ti, es decir, a los otros.  Anoche me burlé de mí. De ti. De todos. Anoche tuve sueños muy lúcidos.  Anoche te escapaste de todos mis futuros.  Te miro vagar, en el último vagón de mi conciencia, hacia donde siempre quisiste huir.     

Esta es una escultura de Picasso, y esto es Chicago

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-Y ahora cuál es la obsesión con Marc Anthony? - me la tienes pelada con Marc Anthony. Todo el puñetero día dale que dale con el tipo. No le contesto. No tengo nada que decirle. Pero tampoco le cuento mi sueño. Pero tampoco lo miro. Pero tampoco. Ahí tirado en el sofá rezonga. Se queja. Cambia de canal. Uno y otro canal. Y boxeo y negros sudando y fútbol y blancos sudando. Me dice que tiene hambre. Se levanta. Abre la puerta del refrigerador. Y ahí se queda. Se congela con la yuca y las pechugas de pollo. -Bukoswki, le digo. Pero ahí me quedo. No me queda voz para llamarlo. También yo me he congelado. Como el hombrecito de Picasso. Como aquellos días en Chicago. Y allá atrás, tan lejos, Marc Anthony me mira y canta una canción que no es suya. Pero en el fondo no hay nada que sea verdaderamente nuestro en esta vida -pienso y miro a Bukowski, cuarteado de frío.

El apego (pequeña diatriba de la peluquera)

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Todavía la herida cae, gotea, humeante. Todavía la ciudad es un sueño del que despierto con dolor intercostal. Todavía no me acostumbro al olor de otro cuerpo. Al no olor de otro cuerpo. Has cambiado los signos dándole manigueta a la vieja promesa. La promesa de la nada. El desapego absoluto. Sí, mejor que no haya apego ni sonrisa. Ni mano contra los ojos. Mejor cortar de una vez toda herrumbre. Todo lazo más o menos largo.

La foto, esa foto, repetida e idéntica, quién sabe cuanto tiempo después

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y uno se cree que los mató el tiempo y la ausencia...