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Mostrando entradas de abril, 2015

La tinta

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Ya sé que soy un cliché y más después de esto que te voy a decir, pero me muero por Adam Levine. Nunca me gustaron los tipos con tatuajes, sin embargo él... tiene una manera de moverse, un algo que solo mi app de YouTube y yo entendemos. Nunca he tocado una piel tan tatuada. Me pregunto si Bukowski querría llevarme a alguna de esas galas en Los Ángeles o en Nueva York donde uno puede toparse así de pronto con algún famoso. Pero él no quiere ir y mucho menos llevarme. Y aquí en el pantano los famosos que llegan se recluyen en sus mansiones junto al mar y no se les ve ni el pelo. A los muy cabrones. Yo he visto, de lejos, claro está, las perras casas. Y todo eso me da un escalofrío en el cuerpo que no te puedo explicar. La adrenalina. Como si me zambullese en un mar de café. El otro día conocí a un muchacho que no bebe café. Nada de café. Y parece un muerto. Mide las palabras como si fueran zambullidas. Y yo tengo ganas de darle dos galletas y decirle mijito despierta de una ...

Los puentes

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Miami no existía. Cuando La Habana ya era metrópolis, los indios desandaban en canoa lo único que llevaba ese nombre: un río. Henry Flagler, el hombre que trajo el ferrocarril a la Florida y que gracias a ello convirtió el pantano en ciudad, que conectó los Cayos con la península, tuvo el sueño de crear un inmenso puente que uniera La Habana con Key West. Tras el 17 de diciembre de 2014, la idea parece menos lejana, y aun así, casi inimaginable.  Me gusta, querido, pensar el teatro como ese río y puente que nos trae y nos lleva a los mismos dos puntos: pasado y futuro conectados en el instante de la representación. Muy heraclitano todo. Yo me veo en el tabloncillo cuando la función terminó, limpiando el sudor de los actores. Yo espero comprar mi entrada. Yo me duermo en un ensayo. Yo me paso un año repitiendo la frase "lugar desde el que se mira". Yo te miro cuando no estás. Yo gravito sobre el principio de incertidumbre y sobre la incertidumbre de todos los princip...

Mi siglo

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Nunca Villegas pagó su apuesta. Y era algo tan simple como una barra de maní molido. Pero yo dejé de ir tres semanas a la escuela y en ese tiempo todo se olvida. Todo se borra. También las promesas y las apuestas perdidas. Yo dije que leería una novela de 500 páginas en un día y él dijo que era imposible. En lo que él no se fijó era en el tamaño de las letras, y lo que yo no sabía era que al otro día en la mañana, cerrado el libro, febrícola el cuerpo, tendría que irme a casa para llenarme de pintas y vivir la varicela que no me contagió de chiquita.  No recuerdo sensación más desagradable que mirarme en el espejo. Ni picazón más intensa. Ni peor rabia. Pero ese momento se asoció para siempre, sin embargo, con el placer agónico de otro libro, esta vez más largo que el de mi apuesta, y con letras bien pequeñas. La travesía de Oskar y su tambor, las sayas de la abuela como capas de cebolla, un caballo muerto -eso queda.   Poco después, -o fue antes?- Gerandy me prestó Mi si...

El amante (de la peluquera)

El amante le dice a la peluquera, ese vestido te queda mal. La peluquera le dice al amante, me raspas con esa barba de tres días. La peluquera y el amante se miran en silencio, se fuman en silencio. La peluquera pudiera agarrar la navaja y afeitarlo mientras duerme.   Pudiera agarrar la navaja y hacerle pequeños cortes. Ir yendo más y más profundo, que las goticas de sangre afloren lentamente. La peluquera quiere ver la sangre del amante.  él no ha visto la sangre de la peluquera y tal vez no le importe, (a fin de cuentas parece más interesado en el vestido). En la almohada se han quedado algunos cabellos. Ella tira la funda en el cesto de la ropa sucia y carga con todo hacia la lavandería. El espejo de la puerta no la engaña. El vestido le queda mal. Ella lo sabe pero aun así se lo ha puesto. El amante se ha ido y tal vez no regrese. Qué importa si no regresa. La labor del amante es dejar el rastro en la almohada y que el agua caliente de las lavadoras automá...