El lecho de piedra
Agnes nunca atravesó la puerta giratoria de tres toneladas que daba acceso a su castillo. Un castillo sin techo en el que el sol marca las horas y las estaciones del año en un calendario de piedra. De piedra son las camas y los sillones donde leer, de piedra la mesa y el salón de fiesta, de piedra el ojo de aguja en el que siempre puede vislumbrarse la estrella polar. Ed siempre fue un ermitaño o tal vez simplemente un genio. En todo caso un raro ejemplar del modelo del hombre renacentista. Arquitecto, escultor, astrólogo y empresario capaz de sustentar su vida a partir de las visitas guiadas a su castillo, Ed sabía que trabajar la piedra lo haría inmortal, como también sabía que el amor de Agnes, si bien físicamente imposible tras el desplante ante el altar, quedaría expresado en el jardín como prueba irrebatible de su fidelidad hacia ella. Agnes tenía dieciséis años cuando decidió no casarse con Ed, allá en su natal Lituania. Dieciséis son los escalones que llev...