Mi siglo

Nunca Villegas pagó su apuesta. Y era algo tan simple como una barra de maní molido. Pero yo dejé de ir tres semanas a la escuela y en ese tiempo todo se olvida. Todo se borra. También las promesas y las apuestas perdidas. Yo dije que leería una novela de 500 páginas en un día y él dijo que era imposible. En lo que él no se fijó era en el tamaño de las letras, y lo que yo no sabía era que al otro día en la mañana, cerrado el libro, febrícola el cuerpo, tendría que irme a casa para llenarme de pintas y vivir la varicela que no me contagió de chiquita. 
No recuerdo sensación más desagradable que mirarme en el espejo. Ni picazón más intensa. Ni peor rabia. Pero ese momento se asoció para siempre, sin embargo, con el placer agónico de otro libro, esta vez más largo que el de mi apuesta, y con letras bien pequeñas. La travesía de Oskar y su tambor, las sayas de la abuela como capas de cebolla, un caballo muerto -eso queda.  
Poco después, -o fue antes?- Gerandy me prestó Mi siglo. Me veo acostada en la litera, junto a la ventana, el marabú extendiéndose ante mí, la mugre extendiéndose frente a mí, los descubrimientos sexuales emergiendo junto a mí. Y yo con el libro en la mano y la tabla dura de la litera bajo mi espalda. Pero de esas historias apenas me queda la certeza de no haber entendido absolutamente nada.  Nunca volví a leer a Gunter Grass. Y por eso ahora su muerte viene a ser el retorno a esos días. La escuela y la última marca de la varicela, la que se quedó en mi sien. La barra de maní que nunca cobré. Gerandy. Julio. Esther. Arianna. Eli. 
Dice Borges que solo son nuestros los paraísos perdidos. Dice Arrufat que los únicos libros que deberían leerse son los que merecen una relectura. 
Nunca más aposté de esa manera. Pero ahora que Grass no está, ahora que la nostalgia se impone como mi única forma de comunicación con el mundo, releer Mi siglo parece un deber, una alianza, una obligación. Si tuviera el tiempo... pienso. Si pudiera hacer una apuesta que me obligue a hacer lo que quiero...  


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