Las cartas de la peluquera (IV)
Lo peor cuando se acaba el día es aspirar los pelos. No tienes idea. Se pegan al piso con la humedad
y yo me pego al piso pero para despegarlos. También por supuesto tengo que limpiar los sillones, borrar tanta nalga del cuero. Uno baja el trapo hasta que llega al tubo central, al sostén de la cosa... y es tan erótico... Bukowski, no tienes idea. Quien nunca ha pasado un trapo de forma tan obstinada no sabe lo que yo cuento. Porque una está cansada, Charles, tan cansada. Pero una agarra el trapo como una autómata y en los audífonos el radio habla de dinero y de network marketing y la silla tiene pelo y polvo y uno agarra el tubo y el trapo y los frota enérgicamente.
Porque lo que no sabe el tipo de la radio es que por alguna razón no puedo dejar de escucharlo a pesar de que me aburre, porque el tipo tiene una voz linda y yo siento que aprendo en medio de mi aburrimiento. Todos agarramos el trapo alguna vez. Y cuando el trapo está que no da más le echamos detergente y arriba y abajo las manos. Y el trapo es la medida de toda la frustración. De todo el brillo falso. Yo conozco demasiada gente puliendo cosas para que se vuelvan a ensuciar. Y no saben, Bukowski, no saben que el trapo te arranca la piel y te la deja con una costra parecida a ti pero que no eres tú, porque tú te has dejado ir y vas a la deriva, bajando por el lavamanos entre los pelos y la churre.
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