La noche que vi llorar a Ryan


Noche en la disco, todo el mundo baila y en la barra Ryan Gosling y yo nos miramos. Ryan me dice que Miami le parece una ciudad horrible. Le digo, es la ciudad plana, no te puede parecer otra cosa, y me invita a un trago. A él le gusta el whisky y yo pido un screw driver tras otro. Nos vamos a la playa, hablamos de viajes, de magia, de cualquier cosa. Ryan se pone a llorar, ha perdido a alguien querido pero no me dice quién. Yo lo abrazo, le beso la cabeza. Y nos quedamos en silencio con la arena gorda de la playa bajo nosotros, con la piedra y la luna clavadas en la retina, con todo el silencio y allá las luces del puente y los grandes bancos. Suena su teléfono. Él no contesta pero el momento se rompe. Me dice que debe irse y tomamos un taxi hasta el downtown, allí lo dejo en su hotel y sigo hasta casa. El chofer me pregunta si él de verdad es el de las películas. Yo no le respondo, me recuesto a la ventanilla y miro la ciudad, los sitios a los que todavía no he ido. Ahora el taxista pregunta si también yo soy famosa. Le digo que sí, que soy la muchacha del bar, la de la escena que nadie recuerda. Cuando detiene el carro, el tipo me dice que él podría invitarme a un trago. Pago, agarro mis llaves de la cartera y abro la puerta. Henry está despierto. En la televisión, Ryan repara la vieja mansión de sus sueños para su amada. Mi hijo me comenta, qué mujer más linda, con razón se volvieron todos locos. ¿Con razón, verdad? -le digo, y entro al baño. 





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