El tigre
Ocho meses en el ojo. Ocho meses en el mirador del universo. Y de tanto mirar empecé a contar las semanas que no eran mías, que me habían sido robadas por los mismos burócratas de siempre, y que yo me había dejado robar por no saber vivir, por no saber leer entre líneas, por no defender el instinto que yacía ahí debajo de todo. Pero era mejor no escuchar, a veces para sobrevivir hay que ser sordo.
Y después de todo este tiempo y de muchas noches mirando la pared y el cuadro, siempre el cuadro que refleja la luz, que no refleja nada más que otro dólar perdido en electricidad, recordé el poema de Borges,
Iba y venía, delicado y fatal, cargado de infinita energía, del otro lado de los firmes barrotes y todos lo mirábamos. Era el tigre de esa mañana, en Palermo, y el tigre del Oriente y el tigre de Blake y de Hugo y Shere Khan, y los tigres que fueron y que serán y asimismo el tigre arquetipo, ya que el individuo, en su caso, es toda la especie. Pensamos que era sanguinario y hermoso. Norah, una niña, dijo: Está hecho para el amor.
Porque uno imagina que la vida es eso, ir de pueblo en pueblo y cortar las espadas y ser feroz. Porque uno cree que ahí radica todo el encanto. Porque uno olvida lo que es la niña Nora, porque uno lo olvida todo, pero no logra olvidar jamás lo que en realidad no importa, el dolor pasado, la lejana traición, porque uno no logra sobreponerse a la muerte y el miedo y pasa el tiempo y uno se vuelve el tigre enajaulado, hecho para algo que no hemos cumplido y que ni siquiera sospechamos en nuestra caza de la próxima presa.
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