Del otro lado de la jaula
La peluquera se fuma un Malboro recostada a la ventana.
-La jaula es relativa, le dice al tigre.
A lo que él contesta:
-Querida, acaban de dar el premio Nobel en Suecia.
La peluquera chupa el cigarro y le echa el humo en la cara al tigre.
-No te me hagas el sabihondo y el informado! Ya vi que tienes ahí el periódico que le arrebataste a mi clienta.
El tigre mueve la pata delante de los ojos para espantarse el humo. Se acuesta sobre los periódicos y lee en voz alta la noticia del Nobel. No entiendo bien la voz ronca del tigre pero dice algo sobre las células que en el cerebro se encargan de ver qué lugar ocupa uno en el mundo.
-Ya te lo dije, da lo mismo estar adentro que fuera. En cualquier lado se está jodido.
Charles entra cayéndose del peo. Tiene una barba de cuatro o cinco días y más peste que el tigre.
Se saludan con un apretón de garra y Charles se deja caer en el sillón.
La peluquera prepara en silencio una vasija con agua limpia. Ha terminado su cigarro. Charles se deja afeitar, aunque la cuchilla sobre su cara le pone de mal humor.
-Ten cuidado, cojones. Tú sabes que tengo la piel sensible.
El tigre ríe.
La peluquera lo mira a través del espejo.
-Charles, qué obstinada me tienes.
El tigre vuelve a reír.
-Y tú te callas que como me jodas un poco te abro la jaula para que te mueras de hambre allá afuera.
El tigre sigue riendo, el tigre se ríe tanto que Charles y la peluquera se vuelven borrosos en sus ojos de tigre.
Y allá en Suecia, en las paredes de ladrillos del City Hall de Estocolmo, los ganadores del Nobel miran la escena y aplauden. El tigre está finalmente afuera. No hay discursos. Lo hemos olvidado todo. También la felicidad, también el pasado, también lo que sigue sin tener sentido. Y el tiempo es algo parecido a esto. Ese lapso entre el orgasmo y el orgasmo.
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