Las cartas de la peluquera (II)
El día salta de Ring of fire a un tono muy Eels. A veces caigo a lo Moraima Secada y hasta a lo Pitbull... (ese día realmente estaba mal...) (Uff... Si Johny lee esto me mata). Y en el día estas tú, ausente de mis números, de mis presupuestos, de mis correos. A veces vuelves con un dolor cegato e incómodo porque se me atraviesa en el pulmón y aunque lo intente expulsar a golpe de humo no sale, no hay forma de que salga. Se esconde el muy cabrón. Querido dolor, por qué no te vas y te quedas por allá por West Palm Beach, resbalando por las canales del Waterpark?
Mis clientas por lo general no dan opiniones, pero claro que es rarísima esta peluquería que no pone el radio con sus canciones de moda. Qué daño me has hecho, Charles, a mí que de pronto ya no me gusta lo que me gustaba y ando mirando lo que no tengo que mirar y recordando lo que debía haber olvidado hace mucho.
Sabes, no te conté que reencontré a un viejo amor. Bueno, ni siquiera fue un amor, fuimos demasiado cobardes y cada cual siguió su rumbo. O tal vez esa era la forma natural de sucederse todo y eso es lo que a la larga me permitió conocerte. Su novia tiene un piercing y se ve linda. Se ven incluso enamorados. Y él ha cambiado, Bukowski, como todos, claro está. Pero yo lo quería inmutable. Es como la canción de Johny, She used to love me a lot. Pero él viró el papel por la parte de atrás, y como estaba escrito le dio candela. Hay que darle candela a lo que no sirve, pero el pelo que se bota en este lugar no puede quemarse porque eso da tremenda peste. Bukowski, en mi casa, allá, mi abuelo le da candela a todo y la ropa en los cordeles se pone negra de tanto humo. Pero aquí no se puede ni encender un barbicue porque todo está normado, y eso a veces me funde un poco. Porque una en realidad debería gritar. Gritar por la calle y hablar sola en la calle, y decirle a las clientas, mijita menos mal que viniste porque te pareces a la bruja de Blancanieves.
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