Las cartas de la peluquera (I)
Esta mañana llegó una tipa a la peluquería como con cinco jabas, todas de marcas caras, jabas que ya de por sí hablaban solas, y ella me dijo -no me soporto, me compré todas estas cosas que no me combinan con el pelo, puedes creerlo?-. Yo le dije, cariño, y qué crees que te combine entonces? Así que ella sacó todas sus piezas: sus zapatos, hasta sus puñeteros ajustadores. Entonces le dije, me parece que unas iluminaciones te vienen bien con esa licra de tela de leopardo. Y la tipa me dijo, tú eres la que sabes, métele. Y yo le metí el gorro por la cabeza y le saqué los mechones y le eché el peróxido... y la tipa al final me dijo -eres una fiera- y me metió en el bolsillo cincuenta dólares. Yo me dije, coño, debería irme yo también a una tienda y comprarme una licra. Pero las licras no me quedan bien, Charles, yo lo sé. Una peluquera sabe cómo mirarse en el espejo y cuándo mirar a través del espejo. Y con esta barriguita la licra no asienta. Pero me gustan. Tengo que confesar que me gustan.
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