La peluquera le escribe a Bukowski

Querido Bukowski, 
Si te asomas a la ventana no vas a ver las estrellas. No se pueden ver las desgraciadas estrellas por culpa de esta luz en todos lados. Es como un cáncer. Y tú quieres que todo esté oscuro. Tan oscuro. Y que nadie te vea. Y que allá arriba uno mire y Orión te apunte y algo parecido a un relámpago te parta en dos la siquitrilla y se apague el dolor. Así, anestesiado, podrías empezar de cero. Pero ya probé la anestesia y no es una cura, no existe la cura porque siempre hay más ansia detrás de las cosas. El ansia, Bukowski, el ansia del cigarro después del café y del café después del cigarro y del amor después del café y del cigarro después del amor. Así de sucesivos y monótonos. Así de predecibles. Y después de la predicción lo otro, la película para la noche y el próximo capítulo y la chica que viste a la salida del trabajo y a la que le compras el periódico. 
Estoy hecha leña, Charles, estoy hecha picadillo. Hecha pinga Bukowski, hecha pinga. Sabes qué, si mi padre me coge hablando así me hubiera regañado. A mi padre nunca le gustó que yo dijera malas palabras. Ni a mi marido. Pero ninguno de los dos está aquí y tú tampoco. Y tú no dices pinga porque en inglés esa palabra no existe. ¡Y cómo la usamos nosotros en Cuba, Bukowski! Esa palabra es una plaga y una bendición. El perfecto calificativo, sustantivo y proverbio. En esa palabra está todo. Pero es grosera, Bukowski. Como tú. Como tu ausencia. Y yo te regalo esa palabra con tal de que vuelvas. Te la cuelgo en mi muro, en mi blog, en mi pared, te la mando por texto, por mail, por paloma mensajera. Te la mando te la grito te la soplo. Bukowski, Bukowski... Todo me duele. 
Hoy fui a un planetario, Charles, por primera vez en mi vida. Mis amigas me llevaron, qué sería de mí sin mis amigos, sin mis primos, sin el café de las tres de la tarde... y en esas estrellas falsas estaba mi padre enseñándome a rastrear la Osa Mayor y las noches de Varadero, y los amaneceres que vimos juntos, y los que ya no veremos más. Porque no me dejas. Porque no quieres. Porque ellas ven el amanecer contigo y bajo la tierra los amaneceres saben distinto. Bajo la tierra los amaneceres se confunden con la noche. Siempre. Y si te asomas el olor de la sangre coagulada no te deja oler la yerba. Y yo estoy aquí hablando de dolor y en ti, en lugar del dolor, queda solo el vacío. Porque estás tan hueco, Bukowski, que no te queda sino mirar largamente la tumba donde una vez te recostaste y quedarte ahí, recostado y reclavado. Atornillado. Descosido de tu antiguo deseo. Porque todo se vuelve esta rutina de mierda. Esta viscosa necesidad de café y amor. Y ya no quieres tampoco eso. Qué hueco estás, Bukowski. Si te leo, no te creo.


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