Ese lado pedestre del corazón
A veces ocurre. Miramos
a alguien bello a través del cristal de la guagua y luego lo olvidamos. Apenas
sobrevive, si acaso, la sensación, el placer de ese instante contemplativo. Un
rostro anónimo. Un rostro que se pierde y que si volvemos
a ver quizás ni siquiera reconozcamos. La multitud los absorbe. Los aleja.
Irremediablemente. Y sin embargo ocurren hechos extraños. Fortuitos.
Insignificantes. Porque a veces es un rostro que conocemos pero que no nos
conoce. Un rostro que alguna vez pensamos inalcanzable y lejano y que está ahí
pero no para nosotros, cerca pero inasible.
Tengo un día como
cualquier otro, es decir, trabajo durante la mitad de la mañana, mando un par
de emails, reviso algunos documentos, me dan ciertas indicaciones. Luego, asisto
a una defensa de tesis, almuerzo, salgo del trabajo, consigo sentarme en una
guagua. El cielo está nublado y es agradable estar afuera. Resuelvo un par de asuntos. Entro a una tienda y compro curry.
Otra guagua. Visito a mi hermana. Salgo corriendo otra vez, ahora a una
premiación. La noche ocurre fuera, mientras los aplausos se suceden.
Luego una cita de trabajo, en un hotel. No he
comido, aunque tampoco tengo mucha hambre. Me esperan en el lobby. Queremos sentarnos en el patio, lejos de los músicos, para poder
hablar con tranquilidad. Empieza a lloviznar. Una llovizna tenue pero igual
molesta. Lo intentamos en el bar. Barullo. Arriba, dice el señor Gabriel, hay
un salón muy tranquilo. Aceptamos ir. Presiono el botón del elevador. Se
demora. Se abre el del frente. Lo intentamos pero no funciona. Es para
empleados y solo trabaja cuando se le introduce una tarjeta especial. Seguimos
esperando. El señor dice que nos mostrará sus últimos diseños. Se abre la
puerta. Y de pronto un hombre con su hijo saluda a mi novio y me saluda a mí y
a Gabriel. Con mucha familiaridad comenta que irá a cenar con su hijo. ¿Al restaurante
del hotel? –pregunta Gabriel. No, a la plaza de la Catedral, -dice el hombre.
El hijo nos sonríe otra vez. Entramos al elevador. Mientras la puerta se
cierra, el hombre nos mira y sonríe también, le devuelvo la sonrisa y me pregunto cómo
es posible que no haya podido decirle ni una palabra a Dario
Grandinetti. Yo que siempre lo encontré tan misterioso...
La certeza de que ese instante y la puerta del elevador son para
él justo eso, el rostro que se pierde en la multitud o en la velocidad de un
tren que arranca, me deja desconcentrada por el resto de la noche.

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