La tinta


Ya sé que soy un cliché y más después de esto que te voy a decir, pero me muero por Adam Levine. Nunca me gustaron los tipos con tatuajes, sin embargo él... tiene una manera de moverse, un algo que solo mi app de YouTube y yo entendemos. Nunca he tocado una piel tan tatuada. Me pregunto si Bukowski querría llevarme a alguna de esas galas en Los Ángeles o en Nueva York donde uno puede toparse así de pronto con algún famoso. Pero él no quiere ir y mucho menos llevarme. Y aquí en el pantano los famosos que llegan se recluyen en sus mansiones junto al mar y no se les ve ni el pelo. A los muy cabrones.



Yo he visto, de lejos, claro está, las perras casas. Y todo eso me da un escalofrío en el cuerpo que no te puedo explicar. La adrenalina. Como si me zambullese en un mar de café. El otro día conocí a un muchacho que no bebe café. Nada de café. Y parece un muerto. Mide las palabras como si fueran zambullidas. Y yo tengo ganas de darle dos galletas y decirle mijito despierta de una vez, mírame a los ojos, tómate esta taza, dame una nalgada, clávame un cintazo. Pero el chiquito duerme su pantalla y no dice ni esta boca es tuya. Y yo aprieto las piernas muy fuerte para que nadie se de cuenta de mi deseo. Yo aprieto las piernas para que tú vengas y no me digas que tengo cara de loca. Yo aprieto las piernas mientras Adam recorre la ciudad donde no vivo y abraza a mujeres que no conoceré nunca, yo aprieto las piernas y la tinta del brazo de Adam moja el trozo de alfombra debajo de mi silla.

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