Chapeando bajito (otra diatriba de la peluquera)
A ver papi, déjame explicarte.
Yo nací en Marianao, y he visto más gallinas destripadas que pelos en las cabezas ajenas.
Aprendí a pelar con un barbero viejo que lo primero que me dijo fue, cuando la cosa se ponga un poco fea, tú agarra la maquinita. Ahí me paré alante del espejo y empecé a mirar que por más que uno corte con cuidado, es difícil pelarse una misma, porque lo que le gusta a la gente es que le mimen la cabeza, que te la amasen y te vayan diciendo: a ver, mi china, ¿te gusta así? Por eso tengo mi clientela, porque he aprendido que todo el mundo quiere su poquito de cariño. Y a la más fea le gusta que le digan que se ve espectacular. Y a la más linda, cuando tiene un día malo, le gusta que le suban la autoestima y le digan, te ves espectacular.
Eso es lo primero que tiene que saber cualquier peluquera.
Lo de las gallinas destripadas te lo cuento para que entiendas que todo acto tiene su sacrificio. Y eso que llamas brujería es parte de esa dosis, de una entrega para recibir otra cosa. Pero tú no quieres dar ni gallina, ni carta, ni amor. Tú te lo guardas todo, papi, y así no se avanza en la vida. Pero quién soy yo para darte lecciones de nada. Y menos a ti, que todo lo tienes tan calculado.
Por eso te digo, cuando la cosa se pone mala yo meto maquinita, y corto por lo sano, y después le digo a la cliente, el pelo corto es la última moda, mira qué lindo te queda, así de este lado. Y le pongo el espejo por detrás, para que el reflejo de uno en otro le de la medida de su descenso. Por eso te corto, querido, te voy cortando de mis noches y de mis cartas, te corto y puede que en unos días me quede al cero contigo, afeitada y todo. Porque la maquinita lo deja todo parejo, y el descampado duele, pero no más que esta incertidumbre de ti y tu lejanía y tu manera de ignorarlo todo.

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