Madrugadas
Entro a un sitio y es de noche. Los homeless
duermen su intemperie bajo los portales, mientras las luces de los ricos
balbucean arriba. Uno me miró a los ojos, sin camisa, cuando el semáforo
detuvo el motor de este carro lleno de tarecos, con las ventanillas abiertas en
el sopor del verano.
En un bar miras el fútbol. Italia le gol-pea los talones a los ingleses, mientras la jarra de cerveza se vacía. A tu lado un viejo huraño contesta de mala gana tu pregunta.
Dentro del local los groceries se amontonan en
los estantes, algunos se caen al piso cuando los movemos para quitar la cera.
De un lado a otro la maquinaria se mueve y lo raspa todo, las marcas de los
empleados, los papeles que se cayeron y nadie recogió, las gotas de sirope que
gotearon entre los años.
El viejo te mira y te dice, felicidades, tu equipo
ha ganado, italiano. Y tú dices, es mi equipo pero italiano no soy. Vengo de
Cuba. Y ante esa palabra el rostro cambia y las preguntas se suceden, y de
pronto hay otros canosos señores hablando de La Habana y de Fidel y de las
balsas y del calor y de la isla perdida en el tiempo, nuestra Pompeya
tropical... Y tú hablas y piensas y la jarra se llena de nuevo, de nuevo, de nuevo,
y cuando el barman toca la campana afuera los primeros carros salen a su recorrido
diario.
Yo me ahogo en los ácidos, yo tengo sed y ellos sudan y me hablan de la vida arrodillados en el suelo, y la escoba se mueve agitada con lo que queda de nuestras energías. Al salir otra vez, los homeless se han ido y las luces se apagaron. El gran charco de la entrada refleja la construcción del fondo, donde los martillos empiezan su sonata. Cuando el motor arranca mi jefe me dice, ahora me baño y veo en YouTube un documental sobre el juicio de Ochoa. Y yo le digo, muy divertido, dormir con esos sones. El busca en el teléfono y emerge la voz argentina de un tipo que narra la vida de Fidel. Y regresamos por las autopistas varadas de tráfico, y tú te despides de tus compinches sexagenarios, y empezamos este día con dolor en el cuerpo y todo el Atlántico de distancia.
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