De cuando me hice amiga de Bukowski
He estado riéndome en estos días con Bukowski. Me lo encontré en un bar, en Texas, después de la peor obra de teatro de mi vida. Esa noche estuvo a punto de darme un beso. Te ves frágil, me dijo, si no te vieras tan condenadamente vulnerable podría hasta llevarte al hipódromo, pero prefiero las putas. Lo menos que necesito ahora es una mujer complicada. Encendió un cigarro y me miró otra vez, entonces me dijo, bueno, si quieres puedo darte uno. Eso sí lo puedo hacer por ti. Desde entonces nos encontramos en el mismo bar todas las noches. Bukowski me compra tragos y me da consejos de amor. Bueno más que de amor, porque cree que no existe, me da consejos sexuales. Yo me pongo colorada y me río y le digo que me compre otra cerveza porque estoy totalmente quebrada. Anoche le pregunté si de verdad había tumbado a Hemingway en la pelea de boxeo. Se ofendió con la pregunta pero cuando ya nos despedíamos me dijo, la única razón por la que te perdono es porque tienes la cara de imbécil más grande del mundo. Le crees el cuento a cualquier bobo. Esta vez fui yo quien se puso brava. Luego me agarró por la cintura y me estampó un beso en la frente. Charles, le dije, eres el viejo más desagradable que conozco. Ahí quedamos a mano. Esta noche, cuando lo vea, le voy a decir que estoy escribiendo sobre nosotros. No pierdas el tiempo, seguro me dice y le ordenará al barman que me llene la jarra. Después va a mirarme y entre el humo seguro me aconseja que mejor me entrene como puta, a ver si aunque sea me gano la cerveza.

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