Norwegian Wood o Tokio Blues

Con cuidado abrí la puerta. Quería sentir el viento de la noche. El cielo estaba rojo y era evidente que de un momento a otro comenzaría a llover. Pasó un avión bastante cerca, pude escuchar sus motores. Siempre un avión llegando a alguna parte. Sobrevolando las casitas de los durmientes. Había terminado de leer Norwegian Wood, (también traducida como Tokio Blues) la novela de Haruki Murakami. Fue escrita justo durante el año en que nací, 1987. Cuando la empecé a leer, por sugerencia de mi amigo Abel, recuerdo haber pensado, vamos a ver qué estaba escribiendo este japonés mientras mis tripas se formaban dentro de mi madre, mientras por primera vez mis pulmones echaban a andar, mientras yo no era yo sino apenas una cosita que respira y llora y atrae para siempre la atención que hasta entonces era exclusivamente de mi hermana.

Y las palabras me agarraron y me sumergí con ellas en el vientre de una ballena. Sin poder mirar nada más que el remolino ante mis ojos. Hacía tiempo que no me pasaba algo así, ese conmoverse, ese imaginar, temer, amar las situaciones que se crean y desaparecen y vuelven a empezar. Situada en el año 1969 y 1970, y contada en primera persona, la novela narra algunos meses de Toru Watanabe, un estudiante que tras el suicidio de su mejor amigo se va a Tokio, a una beca donde convive con un frenético de la higiene o con un ambicioso y frío mujeriego que parece ser su único y distante amigo. Naoko y Midori son las dos grandes mujeres de su vida, cada una lidiando con su propia tragedia. La muerte está latente en cada página, varios suicidios, cáncer, problemas mentales, y al final de todo, sin embargo, un canto a la vida. Al futuro. No sabemos aún como lidiar con el dolor, qué se espera de nosotros, qué se supone que sea nuestra existencia. Tampoco lo saben los personajes, creciendo en un mundo donde las relaciones personales parecen condenadas al fracaso y a la angustia de estar vivos en un mundo rodeado de muerte. Pero me gustan esos personajes, reales, tan reales, me gustan porque ríen y hacen bromas y hablan de sexo y se atreven a ser diferentes y a no importarles las revueltas estudiantiles ni la vida familiar. Son ellos mismos, egoístas, concentrados, solitarios. Van a cines porno, comen pepinos, y pasean en trenes sin rumbo.

No sé más de Japón ahora. No sé más del año en que nací ni de las protestas de aquellas primaveras enardecidas de fines de los sesenta. Sé, en cambio, que el tiempo volverá a ponernos a cada cual en su sitio, que toda muerte inesperada es terriblemente dolorosa pero que nos enseñará eventualmente a seguir lidiando con la vida. Sé que no soy hoy más sabia que ayer, pero si un poco más feliz, un poco más consciente de este instante de viento y cielo rojo, en el que le digo adiós a unos pasajeros que totalmente me ignoran.


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