Ese nosotros que no
Decidimos cortar el lazo y empezar de cero. Hubo algunos amigos, un poco de jazz y un par de películas. Ocho frases cursis y bastantes discusiones, y risas llenas de dientes prietos de vino. Hubo un papel donde escribí: "No aspiro a verdades perfectas. No aspiro a iluminar tus escollos. Pero si solo nos damos ese trozo de felicidad que me sacó de la tormenta, que sea". Ridícula yo, Buko, escribiendo palabras definitivas, manifiestos contra la mala suerte.
Me río, ahora río, a quién engañé cuando dije felicidad. Allí donde fue escrito, donde lo he dicho, pon una bala. Explota la palabra y en el hueco lleno de pólvora, con ese mismo polvo negro, escribe deseo. ¿Al final no es eso la felicidad? ¿Ese polvo prieto y sucio, ese hueco? Al final no es esa la marca que uno busca desesperadamente, el lunar en la piel, la marca en la alfombra, el momento entre el antes y el después?
Un hueco como un cero, una unidad perfecta. Un cero que se multiplica por todo y convierte todo en esta masa amorfa que es mi día, un interminable despertar que nunca sucede, el snooze del teléfono que no para, el loop infinito, sisifiano, opuesto a toda idea de progreso. También una vez imaginé la felicidad como algo así. Un quedarse en la cama despertando sin despertarse, pero contigo. Entre el sueño y la pesadilla no hay más que un cero. El cero de tus manos y los ojos que no miran, que ya no tienen jaula, los ojos desvariados de quien va cayendo en un hueco donde no hay nada más que nieve vieja, muy vieja, muy blanca.
Un hueco como un cero, una unidad perfecta. Un cero que se multiplica por todo y convierte todo en esta masa amorfa que es mi día, un interminable despertar que nunca sucede, el snooze del teléfono que no para, el loop infinito, sisifiano, opuesto a toda idea de progreso. También una vez imaginé la felicidad como algo así. Un quedarse en la cama despertando sin despertarse, pero contigo. Entre el sueño y la pesadilla no hay más que un cero. El cero de tus manos y los ojos que no miran, que ya no tienen jaula, los ojos desvariados de quien va cayendo en un hueco donde no hay nada más que nieve vieja, muy vieja, muy blanca.
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