Entre todos los desastres

Pasa el huracán y seguimos siendo los mismos. Las desgracias han ocurrido en otra parte. En la televisión anuncian los muertos, pero no veo la televisión. Uno vive en sus reciclajes permanentes y esconde la basura, y la cabeza, debajo de la alfombra.
En el ojo del huracán no hay tiempo. Yo no temo el huracán sino la penca de la palma que miró fijamente mi ventana toda la tarde. No hubo gritos ni gestos solidarios. No miro a nadie. No puedo perderme en esta ciudad porque si me pierdo nunca encontraría el camino de regreso.
He estado leyendo a Fernando Ortiz y a Ángel Rama. He estado analizando las construcciones ideológicas que determinan una nación. He estado recordando la época en que creí que existía una verdad, y una belleza, y un amor. Pero todo se multiplica y se complejiza y se separa. Y ya no hay un antes sino cien, y no hay una tarde sino miles, y no hay un futuro sino infinitas variantes. Y en eso me pierdo.
Me veo más en la palma que en el espejo. Me siento desvariar y fluir y estar inmóvil mientras los dedos tocan sinfonías que no me sé, gritos que no me sé, inviernos que no han llegado. Ellas mandan correos. Ellas se multiplican en párrafos primos. Ellas dicen que la nación es un proyecto desfasado aunque presente. Ellas no me hablan ya. Tampoco la penca me mira. Y solo existe ayer, ese minuto, tus brazos y la sensación de no querer despertar nunca. 

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