Cuba lluvia
Estamos
acostumbrados al invierno sin frío. A la cola perpetua. Al monedero vacío. Y en
esa costumbre se nos ha ido un poco de esperanza. Un poco de fe. Un poco de vida.
Es
viernes. Trabajamos. Hemos llegado bajo la llovizna, y a media mañana el
aguacero increíble, casi diluviano, nos sorprende. Densa, fría, hermosa, el
agua cae interminablemente, y cuando las tupidas alcantarillas ya no soportan
más, corre, sube, sube, hasta que es un río, un charco cada vez más profundo
que comienza a entrar en las casas. Mover los muebles de lugar. Poner a salvo
los objetos más valiosos. Los autos se detienen, las guaguas cambian de
recorrido. La ciudad se paraliza. La gente camina bajo la lluvia, algunos ni
siquiera corren, ya empapados. En casa, la humedad se filtra por las viejas
ventanas, por los intersticios de estas paredes casi centenarias. La madera se
hincha y casi no se puede abrir la puerta.
El
fin de semana nos tiene atrapados en casa. Aislados del mundo, como casi
siempre. En esta burbuja que es el mundo cotidiano que nos inventamos para
no pensar demasiado. En la carga de
trabajo que nos pesa pero que es la única forma de inventarse una utopía, una
cura, una venda para no mirar. La ilusión de que el esfuerzo y el mañana den
paso a algo verdadero, algo que agarrar, la mejora de una ciudad, un edificio,
una pared.
Mientras
el sol sale al fin y la gente tiende sus humedades, la vida vuelve a funcionar,
las calles se vacían, y yo vuelvo a preguntarme si este sol, amén de ciertos
derrumbes, es el inicio de un nuevo ciclo, si las calles y el césped
maltratados de lluvia mejorarán alguna vez, me pregunto cuántos días demorará
la puerta en abrir y cerrar normalmente. Me pregunto cuántas botellas habrán en
este pedazo de río que ha vuelto a su cauce normal, me pregunto si los
pescadores de clarias encontrarían algunas todavía atrapadas en la hierba de
este lunes de diciembre.
Comentarios
Publicar un comentario